
Fueron dos o cuatro (siempre en cadencia par) copas de vino las desencadenantes, las culpables, de lo que iba a venir. A contracorriente con las novelas policiales y de intriga, donde la revelación de las causas del crimen siempre se reserva para el final; esta vez era sumamente claro como el espejo de un baño después de limpiar el vapor, que ella había pecado. De pensamiento, palabra, obra u omisión. Lo peor de todo es que era por mi culpa, por mi gran culpa. Los dos platos estaban alejados, pero sobre la misma mesa. De pronto mi “segundo” se vio descolorido, como el maizal en otoño, y presentí que le faltaba algo de verde, de grass, de primavera. No muy lejos estaba su plato rebosante de zanahorias, espárragos, vainitas, lechuga, albaca, tomate y unos aliños de colores de pantonera. Suculenta presa. Suculenta cosecha más bien. Pero lo gracioso es que a diferencia de una presa del reino animal que requiere de estrategia o de supremacía física, esta conquista se presentaba fácil, como para chuparse los dedos después. Llegó entonces a su encuentro sin cuidar el sigilo de sus piernas adormecidas, la sed que se tatuaba en su garganta y las ganas que se pegaban a su piel. Ella no despertaba ni levantaba barreras a sus áreas verdes. Indefensas. Entonces fue como un tigre con una cebra. Primero, la complicidad, el acomodarse a su respiración, pausada, a tantearla. Descubrir sus flancos débiles, los espacios en que los brócolis no hacían mella y permitían una entrada asolapada. Luego, la sorpresa, la defensa de su plato de sana alimentación. Pero la carne no viene sin aromas como la barba no viene sin raspar mejillas. Entonces ella devoró y no dejó de agradecerle entra bocado y bocado, abrió sus fauces y embutió lo que a ciegas adivinaba como el más suculento de los manjares prohibidos.
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Hacía frío en Camaná. Creo que ya lo había dicho. El balneario, desde la terraza donde estaban, envuelto en bruma podría convertirse en la locación de un cuento de Lord Dunsany. Con visos de casona virreinal, vuelta terraplén de exquisiteces de la oligarquía provinciana, el restaurante mostraba ambos estilos sobrepuestos, acoplados sin gracia ni son. No se podía pedir más. Entonces iban caminando por el malecón comentando el absurdo de lo que había leído hace algunos meses acerca de la institución carne en Argentina. Los argumentos en realidad no tenían mucha solidez y no resulta pertinente reproducir los diálogos aquí. Lo cierto, lo verídico y acaso lo real es que luego hablaron acerca de la embriaguez y de la épica de la escritura posterior. No pudieron avanzar mucho en el tema. Las palabras se perdían en esa niebla (o ¿bruma?) de Lord Dunsany. La vegetariana no había leído a Lord Dunsany. Tampoco el carnívoro. Aclaremos entonces que la metáfora es mía.
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El cuchillo empezó su ir y venir y la carne ofrecía una leve resistencia que no tardó en desvanecerse. Entonces, la alpaca sangró.
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Retomemos eso de los suculentos manjares prohibidos. O de las prohibidas suculencias del manjar. Allí estaban cuando se había esfumado cualquier muro-de-Berlín que separen sus tenues diferencias. Derrumbado entonces no existía la necesidad de tomar un atajo, bastaba ir directo, sin roces, a la eterna comunión de los cuerpos en el horizonte. Eterna mientras dura. En concreto, cinco minutos. Como en un secuestro de la razón, las maneras se volvieron moderadas y exageradamente corteses. Era momento del bajativo.
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Caer al abismo del absurdo o escalar las cimas del despropósito. Las pesadillas, entonces, no eran otra cosa que las comidas que te caen mal, te caen bomba o te caen pesadas. Como las quesadillas o las raspadillas.
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