9.11.08

Solo es posible escribir en el aire I


Hace unos días, me topé con un entrañable amigo. Aunque en este caso convendría aclarar que Manolo se encontró conmigo. Vino entre acalorado y frenético. Algo le preocupaba. No por una previsible tragedia sino por la frescura de lo acontecido, por lo inverosímil de su día, que en esa noche, estaba llegando a su fin. El vino y los cigarros nos acompañaron durante casi tres horas. Yo escuchaba, Manolo hablaba con emoción y armaba un relato entretenido y me conducía con destreza a sorpresas y sobresaltos, como a carcajadas y sonrisas. Apenas se hubo ido, supe que tenía que escribir esta primera parte del post. Además, supe que tenía que transcribir, antes que la memoria traicione, lo que me acababa de contar. Mientras lo escribía, estaba seguro, como dice Paul Auster, que es el azar, la instancia que dicta y canta la vida de algunos. A continuación, el testimonio que recogí del propio Manolo Bonilla:

“Sostiene Manolo que cuando el horario de su reloj se estacionó en el número tres, estaba ya fuera de la universidad. Su vestimenta era casual, un chaleco azul relleno de plumas que a veces, llega a quemar la espalda, sostiene. Era un día con el cielo encapotado. Sostiene que ella lo acompañaba y que las risas eran frecuentes en la conversación que mantenían.  Aclarar su nombre no ayudaría a ésta historia, y es algo que ella agradecería, sostiene Manolo. Describirla es ejercicio de memoria, sostiene Manolo, y su sonrisa. Solo su sonrisa. Se detuvieron y el hambre se dibujaba en sus rostros, se debatía el lugar donde comer, algunos potenciales locales huían de la imaginación y de los bolsillos. Sostiene Manolo que ella le dijo que quería comer algo distinto, al menos en un lugar distinto. Solemnemente, propuso la idea de ir al Rovegno. Una confitería, restaurante, pastelería y salón de te, de dueños italianos y grandes ventanales, de chessecakes algo secos y de mejores tiramizús, de éxoticos estofados de osabuco y felices y rojas lasagnas. El local queda en la cuadra cuatro de la avenida Arenales, justo en la división con República de Chile, a cien metros del Centro Cultural Español y a un par de cuadras de la casa del embajador norteamericano. Las páginas amarillas dicen que cuentan con otro local, en San Isidro. El viaje en una custer de la línea 28 se hizo llevadero y pronto, pronto, tuvieron que bajar. En la tercera cuadra de la Arequipa, le dijo al cobrador ‘baja, ministerio’. Sostiene Manolo, que el cálculo le falló en algunas cuadras y tuvieron que caminar. Sostiene que respondió su pregunta acerca de cómo llegó a ese lugar, recordó las veces que su papá (que también se llama como él) lo llevaba de la mano, cuando era niño, a comer postres después del almuerzo de los domingos. Sostiene que también pensó que el aviso del Rovegno que se veía a lo lejos, semejaba el de un hostal, con las cinco estrellas incluidas, y que reparó que la Arenales como su hermanastra Petit Thouars, están repletas de hostales. Sostiene que la miró y sonrió, como adivinando su pensamiento. Manolo sostiene que éstas situaciones, de risas y miradas sin palabra alguna, se repetirán todo el resto de su relato y que en cada una de ellas, la motivación era distinta. Como algo ya escrito...

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